Toreo

FASES DE UNA CORRIDA DE TOROS TÍPICA

Antes de entrar en el ruedo

Siempre se ha dicho que los toros y los caballos sufren manipulaciones antes de entrar en el ruedo para asegurar que el espectáculo sea del agrado del público, es decir, con toros bravos pero sin que mueran toreros.

De hecho, diferentes veterinarias han constatado en su día este tipo de manipulaciones encaminadas a incrementar la agresividad de los toros más mansos (usar productos irritantes en distintas partes de su piel para excitarles) y reducir la peligrosidad de los más bravos (golpes en los riñones, vaselina u otros productos en los ojos, purgantes y laxantes en el agua para reducir fuerzas, algodón en la nariz o en la garganta…etc.).

En la legislación vigente se hace mención explícita a estas manipulaciones, tanto de toros como de caballos de forma recurrente, prohibiéndola y obligando a controles veterinarios antes y después de la lidia, lo que implica que estas manipulaciones se han producido. Si se siguen produciendo o no, o si se producen sólo en plazas de menor categoría o en entrenamientos, no lo podemos saber, por lo que no queremos lanzar el mensaje de que estas manipulaciones son lo habitual.

Lo que sí se produce siempre es su encierro en el toril, un cajón oscuro en el que el toro espera a salir y donde comienza el miedo y la desorientación. Antes de que salga al ruedo se le clava la divisa, un arpón de puntas aceradas con una tela de colores que marca la ganadería de la que proviene.

El dolor producido por la divisa y el encierro en la oscuridad hacen que el toro salga al ruedo al galope, lo que se interpreta como una actitud desafiante cuando es, en realidad, un animal asustado que busca huir de lo que le provocó dolor.

Primera parte: Tercio de varas

El matador y los banderilleros esperan la salida del toro resguardados en burladeros fijos de la plaza: 

  • El matador y el segundo peón, en el burladero de capotes.
  • El peón de confianza en el primero de los que ha de encontrar el animal en su recorrido.
  • El tercer peón en el situado justo enfrente de éste.

Tras su irrupción en la arena, el toro suele recorrer, a gran velocidad, las tablas de la barrera situadas a su derecha. Después de una o dos vueltas es preciso “fijarlo”, es decir, hacer que preste atención a los engaños, para lo que el primer peón le frena con el vuelo del capote, girando al toro y llevándolo hasta el punto desde el que pueda citarlo el matador.

Siguen los denominados pases de recibo, que instrumenta el matador, y con los que conoce la respuesta del toro. El toro va siguiendo estos pases, pero la morfología de su cuerpo no le permite hacer giros agudos fácilmente. Sus músculos y huesos se sobrecargan y el animal se va debilitando con este proceso. 

El presidente ordena la salida de los picadores. Uno será el encargado de picar al toro y el otro cubrirá la salida, es decir, se situará en el extremo opuesto del redondel, para impedir que el toro intente huir por donde ha entrado o que (literalmente) “mansee y vuelva a terrenos de manso“. Hay tres varas, es decir, se pica al toro con la puya tres veces.

Para las personas que defienden la tauromaquia, “la razón que sustenta el castigo que el toro ha de sufrir en varas es la de adecuar y mejorar su comportamiento durante el resto de la lidia: quebrando su fortaleza y pujanza naturales y obligándole a humillar la testuz. Por otra parte, es la prueba fundamental con la que medir su bravura“. La realidad es que al toro le clavan, con toda la fuerza de la que es capaz el picador desde el caballo, la punta de acero de tres centímetros y los 11 centímetros que siguen hasta el tope, lo que destroza los músculos de la zona (trapecio, romboideo, espinoso y semiespinoso, serratos y transversos de cuello), vasos sanguíneos y nervios, de forma que no pueda levantar la cabeza y sea más difícil que coja al torero y más fácil matarle. Cuando el toro es demasiado peligroso, el picador retuerce la pica o se apoya en la barrera para hacer más fuerza.

En palabras de expertos taurinos, “durante los puyazos jamás debe taparse la salida del toro, aunque es un jamás que nunca se cumple, y se le acorrala entre las tablas y el cuerpo del percherón o bien girando el caballo alrededor del toro para acorralarlo, la denominada carioca”.

Tras cada vara, es decir, tras cada puyazo, el matador procede al quite, es decir a distraer al toro del picador y llevarle a la zona del ruedo que considere para darle los pases de capa con el fin de lucirse y para ir desangrando y agotando al toro.

Tercio de banderillas

Las banderillas, también llamadas avivadores (lo que dice mucho sobre su función) sirven, según los taurinas “para enardecer o avivar al toro después del castigo en varas“. Se suelen colocar tres pares, un par por cada uno de los peones. Las banderillas deben colocarse por ambos lados del toro, izquierdo y derecho, dos por un lado y otro por el contrario. En el caso de ser el matador quien ejecute el tercio, será él mismo y no el presidente el que determine el número de veces que clava banderillas al toro, aunque nunca será menos de dos entradas (cuatro banderillas en total); se requieren un mínimo de cuatro banderillas en el toro para cambiar de tercio, si bien desconocemos si existe un máximo.

Las banderillas terminan en afilados arpones metálicos de 5 centímetros y más largos aún en las banderillas negras. Los banderilleros clavan estos arpones en las mismas horribles heridas de los puyazos o cerca de ellas. A cada movimiento del toro, las banderillas se mueven haciendo que los arpones horaden y desgarren cada vez más la carne, aumentando la hemorragia y “completando” la labor del picador. Además del desangrado necesario para que el toro vaya perdiendo fuerza, el dolor que le producen todas estas heridas y el destrozo de los músculos del cuello, es lo que obliga al toro a agachar aún más la cabeza.

 

Algunas banderillas tienen un arpón de 8 cm, y se les llama “de castigo”, a las cuales es sometido el toro cuando ha logrado evadir la lanza del picador.

Tercio de muleta

El tercio de muleta es aquel previo a la muerte del toro, en el que el capote es rojo en lugar de rosa. Tras el toque de clarines y timbales, el matador toma, de manos de su mozo de espadas, el estoque y la muleta. Se dirige, si es su primer toro, a la presidencia para solicitar el pertinente permiso para empezar esta última parte. El toro habrá sido llevado por los subalternos al sitio elegido por el matador, por lo general en la raya del tercio y en el lugar de la plaza más alejado de sus querencias naturales. La faena es el conjunto de series de pases ligados que la torera da, manteniéndose él quieto mientras el toro pasa en movimientos circulares entorno a su cuerpo. Cuanto más pegado esté el toro, no sólo será más valorado por los espectadores, sino que las banderillas tendrán un efecto más profundo de horadado al chocar con el torero en cada pase de muleta.

Este tercio acaba con la entrada a matar al toro. Se trata de clavar la espada de 88 cm cerca de las vértebras para lesionar el corazón o algún vaso sanguíneo importante, perforando habitualmente algún pulmón. La perforación del pulmón o de grandes arterias explica que gran parte de los toros escupan o vomiten sangre cuando tienen la espada dentro del cuerpo. 

 

Para matar al toro cuando todavía está de pie se utiliza el estoque de descabello, una espada con un tope a unos 10 cm. 

Finalmente, una vez que el toro se ha derrumbado se le clava la puntilla, un puñal con el que se secciona la médula espinal a la altura de las vértebras atlas y axis. 

En función de la calidad de la faena realizada por el matador, se pueden cortar las orejas y el rabo del toro. El corte de las orejas se lleva a cabo a veces con la cabeza del toro aún “viva” (cuerpo paralizado pero no muerto), ya que la puntilla ha seccionado la médula de cuello para abajo, por lo que el toro puede sentirlo.

En escasas ocasiones, el toro es ‘perdonado’, porque según el presidente el animal ha sido ‘extraordinariamente valiente’ (lo cual se denomina indulto). Estos toros sufren graves heridas externas e internas y después los ‘mejoran’ para ser utilizados en la crianza de nuevos toros. Estos toros sufren dolor y traumas de por vida, por lo que el indulto sólo alarga la agonía y no debe verse como algo positivo ni una muestra de sensibilidad; se indulta para que sus genes pasen a una descendencia que será utilizada en nuevas corridas de toros, para que el ganadero pueda tener más animales que den el perfil “bravo y agresivo” que se busca en la lidia.

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